jueves, 26 de agosto de 2010


Primero es sentir que me invade el silencio.Huyeron las palabras, las brillantes ideas, y apenas, niño mudo, te indico con el dedo un pájaro,una brisa, o el día, tan hermoso.Al fin, querría hablarte de cosas verdaderas, contarte cómo he visto volar golondrinas, hablarte de las pocas cuidades que conozco, de los grises pasillos de mi piso de infancia, sacar sueños antiguos del arca, como trajes que quedaron pequeños, abrir gruesos libros de neblinosas fotos,los cromos del recuerdo de horizontes con sierrasy de tardes lluviosas.Porque eso es lo que soy, más bien que mis palabras: una larga memoria, sonora y palpitante.Y aunque apenas entiendo de las cosas del mundo,tal vez pueda gustarte saber cómo es el tiempo visto con otros ojos; y, además, es lo único que saqué de mi vida; como el niño que vuelve del campo, y que no trae nada que contar, sino piedras y mariposas, y alguna lagartija...Siempre sueño otra edad más fuerte y pura: clarostiempos en que el poeta, sacerdotal, estuvoen medio de los hombres, como fuente en la plaza,con sus bueyes y viñas, su casa, rica en hijos;sin que el traer la voz divina le arrancasede sus hermanos, lejos, extraño y diferente.Y me sabría igual que un pecado escribirtede la luna, las lágrimas, el olvido y la ausencia.Porque voy a llamarte para nombrarte esposa.En la mano de Dios, como en una llanurados surcos que cobijan una sola semilla,tal sea nuestra vida. En el campo sin bordes,cuando cae la tarde, con una brisa levede soledad y frío, los desamparos juntosde nuestras almas corran, allá, hacia el horizonte...¡Qué bien cabes, pequeña, dentro del corazón!Tu pelo no está hecho de sombra ni misterio,y si hay noche en tus ojos, es una noche amiga,como de primavera, no abriéndose a la nada,sino con el Señor palpitando en estrellas.Bella tú como el día, pero aun más, vencedorade la belleza, más allá de su tragedia,de su cruel dilema que desgarra las cosasy con su envenenada alusión de infinitolas hace pobres sombras de más alta belleza,perfecta, pero única, sin nombres ya, de hielo.Vienes primero tú, y después tu bellezate sigue, natural comitiva; entre todotu racimo de dones es la luz que lo dora.Yo ya te conocía del país de los sueños.Tu aire de niña antigua, tu palidez de antaño,de estarte pareciendo a tu madre y la míacuando fueran muchachas, me están diciendo ahoraque es cierto todo aquello presentido que yaceen el alma al nacer; que todo es ya sabido,que Dios hace los sueños con esa misma manocon que crea las cosas que podemos hallar.Si eres verdad, es cierto todo lo que soñamos.En medio de la huida de las cosas, en mediode la duda y la niebla, y este nunca curableterror a la asechanza de la desgracia ignotaque nos ahogaría de pronto sin remedio,yo acabo de encontrar algo que nada puedequitarme; el amor éste que te tengo y que irá,hecho huella en el alma, hasta el mar de lo eterno,como río que llega del país del dolor.

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